viernes, 20 de noviembre de 2015

Estación Poesía Nº5

Dice Francisco Gálvez que si llegará a tiempo al lago… la mujer se mueve en la imagen de lo cotidiano, como si la poesía estuviera vencida. Nadie avanza, lo tecnológico ha hecho nuestra vida cargada de hipótesis, pero tengo un amigo que busca una vez al mes en google, y por tanto, solo en ese tiempo se ve influido por las nubes. No tiene internet en casa, y sigue explorando en sus libros de viejo una nueva sabiduría, porque los contemporáneos, los adolescentes que soportan que toda una clase suspenda latín, marcan la pausa de algo por descubrir que ya sabían los griegos. Yo me pregunto si el World of Warcraft sirve para la imaginación que no te da este verso de Miguel Mas: ‘No se deja pensar como un vacío’, y este amigo mío no vive otra vida. 



La literatura de una revista como Estación de Poesía que ya llega a su quinta entrega, y que descubrí por casualidad haciendo de jugador de videojuego, navegando por la web, al menos interesantemente, enciende la luminiscencia de un recordatorio, que entiende que la poesía existe, y como un fracaso más, atempera el ánimo y hace temperamentos. Salir una tarde lluviosa a imitar los versos que escribiera Lorca en su poema Lluvia (‘Y son las gotas: ojos de infinito que miran / al infinito blanco que les sirvió de madre’), mientras Sandra Sánchez es como yo, y ‘siempre ve el verso medio lleno’. ¿De qué? ¿Aprendes algo? ¿Recuerdas la hipótesis? El verso se construye de literatura que no existe, porque antes del verso existe la vida, y no existe el verso, y cuando existe el verso, la vida puede leerse como un verso aunque lo perdurable es el verso que recuerda una parte de la vida, ese instante que vives cuando lo lees, ‘ayer compré el pan / y decidí que correría por el campo como los caballos’. Esta es mi vida, e imaginen ustedes cabalgando a un jinete que necesita conocer qué siente el caballo que lo ha acompañado durante toda su vida, el poeta que desea los versos que jamás podrá escribir, y que lo que lee no le satisface. Mi mayor esperanza, o mejor dicho, la mejor esperanza de las cosas es esa mirada de una abuela a través del cristal de la cocina viendo a sus nietos jugar, que piensa como Petrarca que ‘esta vida sin duda [le] parece / algo así como dura pista de fatigas’.

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