viernes, 4 de diciembre de 2015

Una cabezonería

Me pregunto si publicar trae el don de sentirse con suerte. En un post de Facebook, Blanca Riestra se sentía inmensamente feliz porque había ganado el premio Torrente Ballester. ¿Qué tiene el hecho de publicar? El artista es el único ser que es capaz de tratar, confeccionar, admitir su soledad, la soledad que todo ser humano alberga, pues nos hicieron con un yo que quiere ser reivindicado, y su reivindicación choca con otras reivindicaciones, no llegando ninguno a comprender esa soledad. Un libro es la soledad de un yo que hace amigos entre los lectores, y plantea el ritual de un espejo a través de ese yo. Me da que Marilyn Monroe no era muy diferente a mí, ni Figo muy diferente a ti, si no que todos tenemos distintos estados de yoes solitarios, y nos reivindicamos, los más necesitados, ante profesionales de la soledad. Dice Claudio Rodríguez en su poema Gestos que 'Una mirada, un gesto, / cambiarán nuestra raza'. Solo miras la tele o escribes en el buscador de Google, y en ese instante careces de un pensamiento singular. Hoy ha habido otro altercado en EE. UU. y había tal desbordamiento de información, que la corresponsal de TVE no era capaz de precisar en ese momento, cuántas personas habían muerto. Quizás el único momento que el hombre no se siente solo, es cuando duerme. 
Mañana llega Alcobas de luz mientras me pregunto qué de visibilidad tiene en Internet un blog de una chica que escribe poemas preciosos, o por qué ver Adán y Eva lleva la carga de la popularidad. Y cuando un chico y una chica llegan a Adán y Eva es porque verdaderamente sienten esa soledad, y quieren ser Marilyn Monroe.
Conozco a poca gente que no consiga lo que desea, si es racionalmente posible de conseguir, pero nadie se siente a gusto consigo mismo, si eso que consigue solo dura un instante o mejor dicho, si se basa en el Estado del Bienestar. Tener un hijo es bello, y los padres son felices porque puede que ese niño les dure a ellos; quizá un poema, escribirlo, deja la impronta de leerlo 10 años después, y en esa lectura, su sensación, produce infinidad de estados de estima. Por ejemplo, creerse con la impronta de reescribirlo porque sientes que fue algo escrito en la inmadurez; yo, cuando leo el poemario con el que me dieron el único premio que he ganado en la vida, me pregunto sin en esa época sentía que iba por buen camino. Lo único que recuerdo es mi inseguridad debajo de las sábanas volviéndolo a leer la noche que me comunicaron el premio, preguntándome si yo servía para esto. Luego vino la visión de un amigo 'experto' en poesía cuando le di Enredada calma. Me dijo: Víctor, cuando me dejaste leer Olores de desencanto, creía que te ibas a suicidar en tu literatura, porque pensaba que no tenías dotes de poeta. Luego una chica, a la que se lo pedí dos o tres veces, me dijo: Víctor, eres muy cabezón, y ya sabemos que lo más difícil de conseguir es que alguien te ame como le amas tú, pero escribir un libro de poemas lo puedes escribir porque eres muy cabezón.



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