jueves, 27 de octubre de 2016

Seguimos intentándolo

Acabo de terminar el libro del poeta y amigo Jordi Doce, No estábamos allí, y me he sentido comprendido. Más adelante, en una lectura más atenta, deseo dedicarle un artículo en este blog. Estoy viendo la forma de conseguir una cámara de fotos, o algo de pelas para revelar los siete carretes que tengo en una cajón sin revelar. Necesito hacer un libro poético-fotográfico, es mi idea, y los poemas surgen, pero acompañarlos de las fotografías es un poco más complicado. Sentir la necesidad de que las imágenes sean una prolongación del libro, inmanetemente, quizá lleno de una austeridad emocional que llegue a un cierto estilo de público. 
Este es el trabajo del amor al arte. Me contaba Paulo Nozolino, un grandioso fotógrafo portugués, que hasta sus 50 años no había sido capaz de vivir de la fotografía. Él fue el primero que me enseñó un libro suyo de poemas y fotografías. Era precioso. Entonces llegan las no certezas de qué hubiera sido mejor en ese proceso inseguro de creación. Un fotógrafo chino, que nunca había salido de su aldea, imaginaba o hablaba también que no es necesario hacer una gran viaje para entender la fotografía, y era un fotógrafo reputado. Lamento haber olvidado el nombre. 
Y la novela, con la que sufro mucho porque me está saliendo larga. Era lo que perseguía. El tiempo ya no sale de ti, aceptada por la Diputación de Badajoz para su publicación, me decían que era corta, y ahora hago algo más extenso. Dejé a un lado el aspecto Bolaño o Vila-Matas de  hacer metaliteratura, de hecho, El tiempo ya no sale de ti habla de la vida, y la aceptaron, por lo que ésta, en la que trabajo, persigue emprender una relación entre dos niñas, vertida en mis dos sobrinas mayores, y de ahí surge un relato largo. Uno se mueve en la preocupación que tiene el 90% de los españoles, ¿cómo subsistir el día de mañana? por lo que estudio despacio mi carrera, y de algún modo, salimos adelante.




Foto de Paulo Nozolino

martes, 18 de octubre de 2016

Enfadarse

Esteban leía las hojas del mar, de noche, cuando el cansancio de una noche de fiesta detiene la euforia, y llorando se pregunta por qué se fue con Luis. Había demasiado ruido, el mar era demasiado grande para encontrar consuelo, y, entonces, decidió marcharse. Susan estaba sentada en las escaleras del malecón, y Esteban miraba el ruido del mar en la arena. 
—¿A dónde vas? —le dijo Susan al pasar a su lado.
—¿Qué haces aquí? Él siempre ha sido mejor que yo.
—Me gusta estar sola en la playa, y como estabas tú, he esperado a que salieras de aquí.
—Lo pasaste bien, ¿verdad? Yo no soy capaz de hacer algo así, no sé escribir poemas. Y estoy harto de ser tu amigo. Estoy harto de mi vida.
—Bueno, voy a sentarme allí, donde la arena está removida por alguien.
—Y pensarás en él. Él es el hombre, yo sólo soy un amigo para todas vosotras.
—Voy a estar allí toda la noche. Cuando pase por tu casa por la mañana, te llamo.
—¡¡¡¡Adios!!!!



Foto de Felix H. Man

lunes, 10 de octubre de 2016

Los árboles también descansan

La cama vacía


Te quiero
con la puerta caída.
Han pasado demasiadas cosas,
estamos tan destruidos...
Algo de sensual hay en el desenlace
y la mujer juega a visitar
una peluquería con su bebé.
Necesita volver a beber para saciar la sed
de una cama vacía.




Foto de John Claren Laughlin


sábado, 8 de octubre de 2016

Los árboles también descansan

Las razones cesan


Hay tanto ruido de razones
sin ningún sentido.
¿Hay algo más allá del ruido?
Si pudiera recoger el ruido de este corazón
al que no le llegan
palabras de consuelo.

Una fotografía, tal vez, expondría
en el centro de la ciudad,
una ciudad con ruido,
una ciudad ausente.

En el límite del ruido
las razones cesan.




















Foto de Louis Faurer

domingo, 2 de octubre de 2016

Los árboles también descansan

La muerte y yo


En las estatuas del sigilo
hay un rompecabezas para partir,
algo de inusual hay en nuestro encuentro
que nadie entenderá,
¡qué mejor apoyo que tú, muerte!
Un beso que una mujer nunca me dará
para encontrarme bien,
una canción suena en el tocadiscos:
(el amante de la muerte soy)

Anoche terminé un dibujo
mientras escuchaba cerrar la puerta de la calle.
¿Habíamos estado juntos?
Aprobé las oposiciones, auxiliar de algo...
Este blog lo sustentaba ese sueldo,
podría escribir tantos poemas como quisiera
no publicables.

Podría vivir en algún lugar.
















Foto de Elliot Erwitt

Your house

La chica de Ipanema

Se puso The girl from Ipanema en los cascos y escuchaba y escuchaba que la chica de Ipanema caminó sensual por la playa de Río de Janeiro con un vestido corto de flores que se enredaba entre sus piernas. (Ah! porque estou tão sozinho / Ah! porque tudo é tão triste /Ah! a beleza que existe.) Se dio la vuelta y por la ventana que daba a la inmensa arboleda de olas, en el lado amarillo de las caricias que él imaginaba, una chica corría. Esteban pensó que su amiga Teresa había abierto la puerta, y mientras veía los pies evaporarse, echó la llave por fuera y murió junto al atardecer.
La orilla de la playa estaba cerca, tan cerca al sentarse, que aquella chica tropezó sobre su cuerpo y los auriculares se enredaron con sus dedos. Se atrevió a llevarse al oído la sensación que esa chica le había producido, y ella le dijo:
—¿Te gusta?
Él la respondió: 
—A los dos nos gusta la chica de Ipanema.
Se había hecho de noche, y ella, a su lado, sentada, le contó una historia de una canción brasileña.



Foto de David Hockney

Los árboles también descansan

El joven rico


Hay guerra y tengo que marchar,
dirá Cernuda a España, perdida
en este siglo XXI; yo soy el importante
y mi casa es mayor que tú,
más sabia; el importante soy,
y me detengo en el espacio de las cosas,
el Prado está en el mismo lugar
y Rubén sube las escaleras,
la cena la ha hecho su madre
como otras noches,
la vida no es tan complicada, es
demasiado complicada
para perder la esperanza,
porque el joven rico tiene una foto en el álbum de su vida
con el mejor encuentro de su vida,
la mejor etapa de su vida
recuerda que paseaba a su perro a la orilla del río,
y escuchó a un poeta:
‘anda, ve a dormir, y mañana iremos a ver de verdad el río
y a dudar que soñaste con él, mi pobre amigo…’
Sé que en algún lugar de la noche
alguien navega arrojando sus monedas al río que pasa,
atando las certezas al fondo
porque quiere ser libre.
Abre la puerta de su casa,
sale a la ciudad
para echar un papel a la papelera
que vacía un barrendero, que se mira al espejo y se dice:
‘soy Diógenes, y he construido
un libro’.
Hay unas manzanas que acechan
al manzano que las muerde, y después las deja
en la lista de la compra, ese invierno
perezosamente estable que traspasa la habitación más confortable
con la lluvia para que haga las preguntas.
¿Te interesa decidirte por mí?
Encerrado en la literatura, en el más allá
teatralmente eterno, más allá de los rincones
donde se agazapaba la noche
y tenía la duda de decirte algo,
quizá mi única esperanza, mi desesperación
al terminar juntos una película en el cine
que contaba nuestra historia de amor.
Las risas son así, liberadas de la ausencia
porque no resolviste tantas veces las preguntas
y quise amarte, y no sé si lo conseguí.
Hoy dejo la estrategia de los números, el infarto que desvela.
Mis noches vuelven a aparecer
como si el barco me llevara al desenfreno de las cosas.
Busqué buenos remeros; la ausencia, la muerte,
habías escondido eso que nos sonaba a despedida
y miraba en las telas del Crucificado
como si en sus signos solo existieran las letras
que leyeron los que buscaban y sacrificaban en los lares:
yo, a veces, me creía un domingo cualquiera.

Los árboles también descansan

La vida de alguien como yo


Un payaso
acaba bebiendo de un barril de ron
para salir al público.

Allí hay un joven
que lleva, nómada, el ganado
de un lugar a otro.

Al mirarse al espejo, al afeitarse
sabe que venimos de otro lugar, otro tiempo,
otra manera de hacer las cosas.

Nos hicimos fotografías en todas partes,
éramos extranjeros
que atendían llamadas de amor,
y el negocio nos iba bien.






















Foto de Joan Fontcuberta

sábado, 1 de octubre de 2016

Los árboles también descansan

La alianza


Solo escribo.
Mi abuela estaba conmigo,
me dijo:

‘toma mi alianza,
es como si estuviéramos casados’.

Salimos de la iglesia
todavía con los brazos cansados,
ella quería agarrarse tanto a la vida.

Mi abuela sabe que los periódicos
conocen la historia del más allá,
y que alguien los usa
para que podamos pisar
por un suelo empapado de lluvia.


















 Foto de Mario Giacomelli

Poema AMANECER de Tomás Segovia

Esta noche fue lo primero que hice, una especie de contemplación del poema Amanecer de Tomás Segovia. No como un absorto pensamiento como d...