domingo, 2 de octubre de 2016

Los árboles también descansan

El joven rico


Hay guerra y tengo que marchar,
dirá Cernuda a España, perdida
en este siglo XXI; yo soy el importante
y mi casa es mayor que tú,
más sabia; el importante soy,
y me detengo en el espacio de las cosas,
el Prado está en el mismo lugar
y Rubén sube las escaleras,
la cena la ha hecho su madre
como otras noches,
la vida no es tan complicada, es
demasiado complicada
para perder la esperanza,
porque el joven rico tiene una foto en el álbum de su vida
con el mejor encuentro de su vida,
la mejor etapa de su vida
recuerda que paseaba a su perro a la orilla del río,
y escuchó a un poeta:
‘anda, ve a dormir, y mañana iremos a ver de verdad el río
y a dudar que soñaste con él, mi pobre amigo…’
Sé que en algún lugar de la noche
alguien navega arrojando sus monedas al río que pasa,
atando las certezas al fondo
porque quiere ser libre.
Abre la puerta de su casa,
sale a la ciudad
para echar un papel a la papelera
que vacía un barrendero, que se mira al espejo y se dice:
‘soy Diógenes, y he construido
un libro’.
Hay unas manzanas que acechan
al manzano que las muerde, y después las deja
en la lista de la compra, ese invierno
perezosamente estable que traspasa la habitación más confortable
con la lluvia para que haga las preguntas.
¿Te interesa decidirte por mí?
Encerrado en la literatura, en el más allá
teatralmente eterno, más allá de los rincones
donde se agazapaba la noche
y tenía la duda de decirte algo,
quizá mi única esperanza, mi desesperación
al terminar juntos una película en el cine
que contaba nuestra historia de amor.
Las risas son así, liberadas de la ausencia
porque no resolviste tantas veces las preguntas
y quise amarte, y no sé si lo conseguí.
Hoy dejo la estrategia de los números, el infarto que desvela.
Mis noches vuelven a aparecer
como si el barco me llevara al desenfreno de las cosas.
Busqué buenos remeros; la ausencia, la muerte,
habías escondido eso que nos sonaba a despedida
y miraba en las telas del Crucificado
como si en sus signos solo existieran las letras
que leyeron los que buscaban y sacrificaban en los lares:
yo, a veces, me creía un domingo cualquiera.

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