jueves, 8 de noviembre de 2018

Un poema sobre la pérdida


XVII

Le falta música sabia a nuestro deseo

Arthur Rimbaud


         ¿Por qué existe la muerte, abuela? Entendía que al venir un aguacero te recordaba haciendo ganchillo en una tarde de invierno al calor del brasero de picón.  Oigo que estás sola; me acerco como un león que tiene hambre; lo que le induce a hacerlo es que va a matar a su presa. La muerte. Morir es lo que da sentido al mal. Abuela, te destrocé el cuello con un golpe de hacha. Si no se acabara con algo tan preciado como es la vida, el mal no tendría sentido. Todo gira en torno a la persona como el mal que nos hicimos tú y yo.

Cumplí años y no recibí ningún regalo,
en la cárcel todo el mundo se ha olvidado de mí.
Creo que, al comienzo del paseo, en el patio de la cárcel
todos me tienen ganas.
Abuela, tú mirabas desde la ventana del despacho
del alguacil de prisiones,
nadie vio la forma en que cogiste tu cabeza
y la volviste a poner en el tronco.

En la tumba de mi abuelo todo estaba preparado,
los huesos arrimados a la pared del nicho
mientras introducían el ataúd de mi abuela.
Mi abuela murió por muerte natural,
porque ya le tocaba.

         Sabes que morir es algo que no dura mucho… luego nadie recuerda que alguien haya vuelto. Una paz vacía llega cuando volvemos del cementerio. Enciendo la luz de mi cuarto y se me viene la luz de la lámpara del rincón del salón de casa de mi abuela. Por alguna razón creo que está encendida. Me vuelvo a vestir. Salgo a la calle. Voy por el Barrial hasta la calle Sierpes. Introduzco la llave en la puerta. Abro. Hace años que no vive nadie en la casa.

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